El mito del crecimiento verde: ¿puede el capitalismo ser sostenible?
La promesa de una economía limpia capaz de seguir creciendo sin chocar con los límites ecológicos se ha convertido en uno de los relatos más influyentes de nuestro tiempo. Pero detrás de esa narrativa amable persiste una pregunta incómoda: si el problema es estructural, ¿basta con descarbonizar la maquinaria o hay que discutir también la lógica que la impulsa?
El crecimiento verde se ha consolidado como una fórmula políticamente cómoda. Permite reconocer la gravedad de la crisis climática sin cuestionar de forma radical los fundamentos del orden económico vigente. Según esta idea, sería posible mantener la expansión de la producción, del consumo y de los beneficios siempre que esa dinámica se apoye en tecnologías más limpias, energías renovables, eficiencia material e innovación empresarial. El mensaje es atractivo porque ofrece continuidad en un momento de alarma: cambiar mucho para que, en el fondo, cambie poco.
Una solución elegante para evitar la pregunta de fondo
La fuerza del crecimiento verde no reside solo en su aparente racionalidad técnica, sino en su utilidad política. Gobiernos, instituciones internacionales y grandes empresas pueden presentarse como actores responsables sin asumir el coste de una discusión más profunda sobre límites, redistribución o poder corporativo. El relato funciona porque desplaza el problema del terreno político al terreno de la gestión: no habría que transformar la estructura económica, sino optimizarla.
Sin embargo, esta operación conceptual contiene una trampa. La crisis ecológica no es únicamente el resultado de tecnologías sucias; también es consecuencia de un sistema organizado en torno a la acumulación permanente, la extracción intensiva de recursos y la necesidad de ampliar mercados de forma constante. Si esa lógica permanece intacta, la sustitución tecnológica puede reducir parte del daño, pero difícilmente elimina la presión sistémica sobre territorios, materias primas, energía y trabajo.
Descarbonizar no equivale automáticamente a desmaterializar
Uno de los argumentos centrales del crecimiento verde es que la economía puede desacoplarse del impacto ambiental. En teoría, sería posible seguir aumentando el producto y al mismo tiempo reducir emisiones, consumo de materiales y destrucción ecológica. En algunos sectores y en determinadas economías se han registrado mejoras parciales, sobre todo en eficiencia energética o intensidad de carbono. Pero convertir esos avances en prueba de una compatibilidad estructural entre crecimiento infinito y sostenibilidad resulta mucho más problemático.
La transición energética requiere enormes cantidades de minerales, suelo, agua, infraestructuras y cadenas logísticas globales. Los paneles solares, las baterías, los centros de datos y la electrificación del transporte no aparecen en un vacío material. Se sostienen sobre nuevas geografías de extracción y sobre una reorganización industrial que muchas veces desplaza los costes ambientales hacia regiones periféricas. La economía puede parecer más limpia desde el centro, mientras externaliza una parte relevante de su huella hacia otros territorios.
El problema del crecimiento verde no es que quiera reducir emisiones, sino que pretende hacerlo sin discutir seriamente la estructura de acumulación que convierte cualquier mejora técnica en una nueva oportunidad de expansión.
La sostenibilidad como lenguaje corporativo
En las últimas dos décadas, la sostenibilidad se ha convertido también en un activo reputacional. Grandes fondos de inversión, multinacionales energéticas y actores financieros que durante años se beneficiaron de modelos intensivos en carbono ahora ocupan un lugar central en el discurso de la transición. No es una contradicción accidental. El capitalismo tiene una notable capacidad para absorber críticas y transformarlas en nuevos nichos de rentabilidad.
La economía verde, en ese sentido, no solo expresa una necesidad ecológica real. También es un campo de negocio. Esto no invalida de por sí la transición, pero obliga a observar quién define sus ritmos, sus prioridades y sus beneficiarios. Cuando la descarbonización se organiza principalmente en función de la rentabilidad privada, existe un riesgo evidente de que la sostenibilidad quede reducida a un proceso selectivo: subsidios públicos para nuevos sectores, concentración empresarial en tecnologías clave y costes sociales repartidos de manera desigual.
España, Europa y la nueva frontera extractiva
En Europa, y también en España, el crecimiento verde ha sido presentado como una combinación virtuosa entre política climática, reindustrialización y autonomía estratégica. La promesa es doble: reducir emisiones y al mismo tiempo fortalecer la competitividad frente a Estados Unidos y China. Pero esa ambición geoeconómica reabre una cuestión menos celebrada: de dónde saldrán los materiales, la energía y los territorios necesarios para sostener esta nueva fase de modernización verde.
América Latina ocupa aquí un lugar central. Litio, cobre, tierras raras, hidrógeno, agrocombustibles y grandes proyectos renovables configuran un nuevo mapa de dependencia potencial. Lo que para Europa aparece como transición ecológica puede ser leído desde el sur como una reconfiguración del extractivismo bajo lenguaje climático. El problema no reside en la cooperación internacional, sino en la persistencia de una división global del trabajo donde unas economías capturan valor tecnológico y otras asumen presión ambiental, conflictividad territorial y especialización primaria.
Los límites del capitalismo sostenible
La pregunta sobre si el capitalismo puede ser sostenible no admite una respuesta cómoda. Puede, sin duda, volverse más eficiente, incorporar regulaciones, modificar parte de su matriz energética e incluso reducir daños respecto a fases anteriores. Pero otra cosa distinta es si puede hacerlo sin traicionar su propia lógica expansiva. Un sistema que necesita crecer, competir, acelerar ciclos de consumo y transformar continuamente la naturaleza en mercancía choca una y otra vez con la idea de límite.
La sostenibilidad, entendida en sentido fuerte, no solo exige energía limpia. Exige también una reorganización de prioridades económicas, un debate sobre suficiencia material, una reducción de desigualdades y una redefinición de qué se produce, para quién y bajo qué control democrático. En otras palabras, no basta con cambiar la fuente de energía si se mantiene intacta la lógica social que convierte toda mejora en una nueva ronda de expansión.
Más allá del mito: transición sí, pero con conflicto político
Cuestionar el crecimiento verde no equivale a defender la inacción. Al contrario: implica tomarse en serio la magnitud de la transición necesaria. La crisis climática requiere inversión pública, transformación industrial, innovación tecnológica y una reducción rápida del uso de combustibles fósiles. Pero también requiere abandonar la ilusión de que todo puede resolverse sin tocar la distribución del poder y la riqueza.
La verdadera alternativa no está entre capitalismo verde o colapso, sino entre una transición gobernada por lógicas de rentabilidad y una transición organizada desde criterios de justicia social, planificación democrática y responsabilidad ecológica. Mientras el debate permanezca atrapado en la promesa de un crecimiento limpio e ilimitado, seguiremos aplazando la discusión decisiva: qué economía puede sostener realmente la vida sin seguir devorando sus condiciones materiales.
La cuestión no es solo tecnológica, sino civilizatoria
El mito del crecimiento verde persiste porque ofrece una salida políticamente cómoda a una crisis que no admite soluciones cómodas. Permite imaginar una continuidad histórica sin renunciar al lenguaje del cambio. Pero cuanto más se profundiza en la dimensión material, social y geopolítica de la transición, más evidente resulta que la sostenibilidad no puede reducirse a eficiencia, inversión verde y nuevos mercados.
La discusión de fondo sigue abierta. No se trata solo de saber si el capitalismo puede pintarse de verde, sino de determinar si una economía organizada en torno a la acumulación permanente puede convivir con los límites ecológicos y con una idea exigente de justicia. Esa es la pregunta que el relato dominante intenta suavizar y la que, precisamente por eso, conviene volver a colocar en el centro.